
Bajé a la calle a esperar a un amigo. Después de 10 minutos apoyada en la pared de mi portal se acercaron dos chicos. Uno de ellos tenía mi altura, el otro era pequeño. El alto tenía la mirada torcida, pero no menos que la boca o dientes, la escondía tras unas gafas redondas y un corte de pelo totalmente anticuado. El chándal reafirmaba su imagen de adolescente fracasado. Su compañero de escasa altura, pese a no ser el líder de la pareja, parecía poseer algo mas de inteligencia. Al principio pensé que me iban a atracar, no se me ocurría que otra cosa podía ser. Sabía que podía correr en tal caso, pero realmente no parecían representar una amenaza, así que lo descarté. Aun así he de reconocer que me sentía intimidada. Me preguntaron la hora, y de nuevo pensé que lo próximo que me pedirían sería el dinero. (Dónde estaba el portero que siempre me abría la puerta tan educadamente y por qué no salía a socorrerme cuando realmente lo necesitaba) ¿Esperas a alguien? Fue la siguiente pregunta del chico de ridículo aspecto. Le respondí que si mientras deseaba que se marcharan. ¿Tienes novio? No (¿Por qué seguía contestando a aquellas estúpidas preguntas?) Entonces llegó la peor ¿Quieres liarte conmigo guapa? Podía reír o llorar, pero ya cabreada contesté con un nuevo monosílabo, cargado de un contenido que claramente indicaba ‘me estáis cansando’ Sin embargo seguía estando arrinconada contra la pared. – ¿Porqué no? –Porque eres un crio, añadí con autosuficiencia. La situación se volvía cada vez más fastidiosa y surrealista. - Tengo 18 años, ¿y tú? – Yo 25 (por ejemplo) marcharos ya. El pequeño, más prudente, cogió del brazo a su amigo, añadiendo ‘vamonos’

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